Tartesos a través de la Historiografía III: Shulten y la búsqueda de la Ciudad

Los veinte años que separan los trabajos de Bonsor de los que emprendió Shulten en nuestro país en torno a los años 20 del siglo pasado, se convirtieron en un abismo en cuanto a la estrategia investigadora sobre Tartesos. Hay que tener en cuenta que Shulten desarrolló el grueso de su trabajo sobre Tartesos en el decadente período de entreguerras, caracterizado por la crisis de las democracias occidentales, la depresión social por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y, en las ciencias sociales, marcado por las teorías difusionistas de la escuela histórico-cultural de Viena liderada por W. Schmidt. Por lo tanto, y sin caer en el hiperdifusionismo que poco después alentaría Elliot Smith desde la escuela de Manchester, Shulten también reacciona contra el evolucionismo que habría protagonizado los estudios históricos de finales del siglo XIX, decantándose así por la nueva corriente difusionista que se impone, con ciertos matices interpretativos, en todo el mundo occidental.

La base del difusionismo arqueológico parte del sistema de áreas nucleares de difusión creado por F. Ratzel, de donde arranca la conocida formulación “Ex Oriente Lux” que resume la idea generalizada de que toda cultura deriva de alguna de las civilizaciones del Próximo Oriente, idealizándose cualquier manifestación de las culturas antiguas. Hay que tener en cuenta también que en estas primeras décadas del siglo XX es cuando dan sus mayores frutos las misiones arqueológicas europeas, cuyo mayor logro será el descubrimiento de Cnossos por A. Evans en 1900, hito que pudo ser determinante a la hora de elegir Shulten la isla de Creta como el lugar de procedencia de los pueblos que colonizaron el sur de la Península Ibérica hacia el 3000 a.C. y que él denominó como “pre-tartésicos”.

Una de las misiones más exitosas del Instituto Arqueológico Alemán fue el descubrimiento de la ciudad de Hattussas, que revalorizó extraordinariamente toda el área anatólica al sumarse a los antiguos hallazgos de Troya; tal vez influido por estos datos, Shulten defiende la llegada de gentes procedentes de Lidia, en la costa norte de la actual Turquía, como consecuencia de los movimientos de los Pueblos del Mar. Uno de estos pueblos, los tirsenos, colonizarían el centro de Italia y el sur de la Península Ibérica, desde Algarve hasta la costa levantina, derivando su nombre original en etruscos y tartesios, respectivamente. Después vendrían cuatro siglos de dominio fenicio que darán paso al mayor esplendor cultural de Tartesos con la llegada de los focenses. Por último, la destrucción del reino filohelénico sería una consecuencia directa del posterior dominio cartaginés a finales del siglo VI a.C. Identifica Tartesos con la Atlántida de Platón y ubica la ciudad, en sintonía con lo que había manifestado Bonsor, en el Coto de Doñana, en cuyas excavaciones colabora.

Shulten participa del ambiente intelectual de su época, donde el concepto nacionalista e idealista debe plasmarse en hallazgos espectaculares que permitan el conocimiento del pasado. El problema es que Shulten no era arqueólogo, sino un magnífico filólogo que despreció los datos arqueológicos que, aunque escasos, ya se manejaban en ese momento. Incluso obvió los trabajos que se realizaron tras el descubrimiento del tesoro de Aliseda, así como cualquier referencia bibliográfica de los estudios de investigadores españoles, cayendo en lo que García Bellido denominó como narcisismo científico. Pero la edición en español de su libro “Tartessos”, publicada en 1924 por la Revista de Occidente por expreso deseo de Ortega y Gasset, se convirtió en un libro de éxito que eclipsó durante muchos años cualquier otra aproximación al estudio del tema, contribuyendo a la vez a potenciar de manera extraordinaria los estudios sobre la cultura tartésica tanto dentro como fuera de nuestro país.

La mayor y sustancial aportación de Shulten en su libro, así como en la revisión que de él hace en 1945, es sin duda su exhaustivo análisis de las fuentes clásicas, las cuales domina a la perfección, acometiendo una profunda revisión de la Ora Marítima de Avieno que a la postre inspirará su aproximación al estudio de Tartesos.

El libro de Shulten dejó tal huella entre los investigadores españoles de la siguiente generación, que muchos intentaron seguir sus pasos centrando sus trabajos en la localización de la ciudad para paliar el fracaso de éste, pero siempre en función de las fuentes clásicas. Así, la búsqueda de la ciudad de Tartesos a través de la Ora Marítima, donde se especifica que la distancia entre la desembocadura del Guadiana y Tartesos es de un día de navegación, a la que se une la alusión en un pasaje de Escimno de que, en sentido contrario, la mítica ciudad se encuentra a dos días de navegación de Cádiz, hizo que algunos investigadores intentaran también situar la ciudad de Tartesos en un punto algo alejado del Coto de Doñana, concretamente en la Isla de Saltés, junto a la ciudad de Huelva, hipótesis que han defendido algunos investigadores del prestigio de García Bellido o Luzón, mientras otros como Fernández Jurado, no se decantan por un lugar específico, pero no dudan de que se debía hallar en el entorno de Huelva, sin descartar el Coto de Doñana.

Fuente:   GRACIA ALONSO, F. “De Iberia a Hispania”, Madrid, 2008, pp. 124-126.

Documento Original: tartesos-a-traves-de-la-historiografia-iii

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