Y llegó la escritura…

En el artículo de este mes en Arqueogestión, vamos a hablar de una cuestión que me encontré mientras me documentaba para la novela y en la que jamás antes había pensado. Esta reflexión la hice tras la lectura de un capítulo del libro da Marisa Ruiz Gálvez, titulado «Con el fenicio en los talones» y me hizo cuestionar cómo se entendería el pasado en las culturas antiguas. ¿Qué era para los pueblos primitivos el ayer y la historia?, ¿contaban con esos conceptos dentro de sus sociedades? Desde nuestra perspectiva de cultura occidental del siglo XXI puede resultar chocante. Nosotros no tenemos duda de lo que es la Historia, ni lo que ello nos aporta. Sin embargo, para los pueblos que no contaban con el avance de la escritura, la vida se limitaba a los sucesos del día y, como mucho, podrían recordar algún hecho significativo de su pasado más reciente (una conmemoración, un conflicto bélico, la llegada de algún viajero portador de de tecnología novedosa…). ¿Pero hasta dónde llegaba esa memoria colectiva? ¿Habría algún tipo de narrador oral que comunicara, mediante transmisión generacional, los acontecimientos solemnes de un pueblo? Aunque desconocemos la respuesta, es muy probable que ese narrador oral existiera, puesto que los humanos disfrutamos contando y escuchando historias sobre nuestros ancestros. Vamos entonces a hablar de un aspecto muy abstracto y, por tanto, difícil de expresar.

Las sociedades del Bronce peninsular eran ágrafas, desconocían lo que era la escritura, por eso seguimos hablando de Prehistoria. Hasta que no empieza a haber textos escritos, no comienza la Historia. Entre estos dos periodos bien definidos se localiza otro intermedio, llamado Protohistoria, en el que comienzan a aparecer las primeras manifestaciones de lenguas escritas. Está claro que este hecho no sucede de manera uniforme en todo el territorio. La escritura cuneiforme fue la primera y desde el Próximo Oriente se fue expandiendo a diferentes áreas del Mediterráneo hasta llegar a nuestra península, en este caso con la llegada del pueblo fenicio, ya en el primer milenio a.C.

Bien, pues parece que la escritura no solo sirve para que lleguen hasta nosotros los textos de lo que sucedía en la Antigüedad. Lo más importante es que con la escritura aparece la capacidad de abstracción: los hombres toman conciencia de sí mismos y de sus vidas y son capaces de desarrollar cálculos numéricos. Además permite la reflexión, el pensamiento crítico, la individualización y una mayor complejidad social, política y administrativa.

En cambio, las sociedades sin escritura son “homeostáticas”, esto es estable y sin cambios. Los individuos no distinguen con claridad entre el pasado y el presente, ya que sin registro escrito no puede haber historia, ni pasado ni futuro. En estas sociedades solo se conoce lo que se puede recordar (por repetición). El hombre de la sociedad oral no tiene muy clara su individualidad y por eso se identifica con otros seres animados o inanimados (animales, plantas, piedras, ríos, lluvia…) e incluso se confunden con ellos.

Llegado este punto, podríamos plantearnos muchas cuestiones sobre estos pueblos ganaderos y campesinos y muchas actividades de su día a día, ¿cómo contaba esta gente si no tenían esa capacidad de abstracción necesaria para ordenar y jerarquizar las cosas de la vida diaria? Sea como fuere, lo importante es entender de qué manera la escritura llegó para cambiar nuestra forma de vivir e incluso la de pensar.

Nuestra novela, La premonición de Safeyce, como sabemos, se desarrolla en la Edad del Bronce, alrededor del siglo XIII a.C. En este momento en la península no existe la escritura, pero llega un viajero procedente de Micenas, que trae consigo este avance inaudito para los habitantes locales:

«—En Micenas usamos una serie de signos para llevar el control de las riquezas que vamos adquiriendo. De esa forma queda registrada cada operación que hacemos, e incluso se registran las guerras, las batallas perdidas o las victorias sobre nuestros enemigos. A esos signos los llamamos «escritura».

—¿Escritura? ¡Vaya tontería! ¿Para qué querríamos nosotros poner con signos lo que vamos adquiriendo con nuestros intercambios? ¡Ya sabemos lo que tenemos! Todo está a la vista —dijo Japtún, y abrió los brazos señalando las hermosas piezas de oro y plata que presidían la cena.

—Me resulta curioso eso que dices —dijo Silmaad mientras se acariciaba el mentón en actitud pensativa—. ¿Hacéis esas marcas sobre las piedras?

—No, sobre tablillas de cerámica fresca. Así sabemos las cantidades de lana que les entregamos a las hilanderas y lo que nos devuelven confeccionado. Lo mismo sucede con las hierbas aromáticas, el oro, el bronce, el aceite. —Hizo un círculo con sus brazos—. Todo se registra.

—¿Nos puedes hacer una demostración? —preguntó de nuevo Silmaad.

El hombre se levantó y buscó un lugar donde plasmar esos signos de los que presumía. Tuvo que salir a la calleja, y allí, a la puerta de la casa, rasgó la tierra suelta con una pequeña astilla, indicando al curioso Silmaad y a otros hombres de la familia de Japtún cómo era aquello de la escritura. Tras la demostración, volvieron a tomar asiento fascinados.»

La premonición de Safeyce

 

Fuente|María Rosario Mondéjar, colaboradora de Arqueogestión: Arqueología y Gestión Turística y Autora de la Novela histórica La premonición de Safeyce

Bibliografía

«Con el fenicio en los talones», de Marisa Ruíz Gálvez. Ed. Bellaterra, 2013.

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