Canopo, Menutis, Tonis, Heraclion, Alejandría: entre el Mito y la Realidad

La ciudad de Alejandría siempre ha fascinado el imaginario de historiadores y arqueólogos. En la  época helenística, su extraordinario brillo tuvo influencia sobre el conjunto del mundo antiguo. Pero el interés histórico de esta región de Egipto, situada al oeste de la desembocadura del brazo más occidental del Nilo (vid. Anexo II: Mapa 1 y 2), va más allá del ámbito y la problemática de los estudios sobre Alejandría, para pasar a ser competencia de la egiptología. Antes de que Alejandro Magno la fundase allá por el 331 a.C., la región canópica fue, durante más de cuatro siglos, el punto de contacto privilegiado en el Mediterráneo oriental entre el mundo egeo y el reino de los faraones. De hecho, los griegos y sus productos penetraban, casi exclusivamente, remontando el brazo occidental del río, en territorio egipcio para llegar hasta Menfis, sede del poder real y encrucijada fluvial que unía los brazos del Nilo en el Alto Egipto.

No parece que, durante el II Milenio a.C., esta vía fuese utilizada a menudo como medio de comunicación ya que los egipcios se habían conformado con impedir que los piratas accediesen a ella; por lo que entonces, el brazo de Pelusio, el más oriental, constituía el eje principal de los intercambios comerciales. De él se servían las expediciones egipcias que se dirigían a Asia y los navíos mercantes cananeos que entraban en las “Dos Tierras”. En esta época, los productos de lujo procedentes del mundo egeo circulaban en su mayor parte por Chipre y la costa de Levante. En el transcurso del siglo VIII a.C., los imperios conquistadores se establecen en Asia: los asirios, los babilonios y después los persas alcanzaron el Mediterráneo y amenazaron, por tierra y mar, la frontera oriental de Egipto. Al mismo tiempo, la situación geopolítica de los países de Levante provocó que la región canópica, accesible para los navegantes originarios de la península balcánica y de Anatolia, entrase en una nueva dimensión histórica.

Canopo, Menutis, Tonis, Heraclion, Alejandría: entre el Mito y la Realidad.

Alejandría, fundada por Alejandro Magno, fue llamada a tener un destino glorioso, pero otras ciudades de la región del litoral egipcio conocieron antes que ella periodos de esplendor y prosperidad. La creación y el desarrollo de la capital lágida tuvieron, sin embargo, gran repercusión en la historia de estas ciudades a la que estuvieron estrechamente ligadas por su situación geográfica, la religión, la política y la economía.

Plano Localizacion Yacimientos

Mapa 1: Plano de Localización de los Yacimientos

Plano Territorios Sumergidos

Mapa 2: Plano de Localización de los Territorios actualmente sumergidos

En los testimonios epigráficos y en los escritos sobre papiro, así como en las obras de los autores antiguos encontramos referencias someras pero valiosas, para conocer la región que se extendía justo al oeste de la desembocadura del brazo más occidental del Nilo. En el pasado florecieron en ella muchas ciudades: Canopo, Heraclion, Tonis y Menutis. Las menciones de estos topónimos en los textos antiguos proporcionan datos coherentes sobre la situación y la historia de estas ciudades.

El nombre “Canopos” aparece en la primera mitad del siglo VI a.C. en un poema de Solón. El brazo cercano del Nilo y la región que lo rodea serán denominados desde entonces “canópicos”. Al final de este mismo siglo, Hecateo de Mileto, quizás sucumbiendo a la habitual propensión mitológica helenística, revela que Canopo es el nombre del piloto, muerto en ese lugar, del rey Menelao[1]; y Esquilo especificó que una ciudad llamada Canopo se hallaba próxima a la desembocadura epónima del Nilo[2].

Herodoto, tras su estancia en Egipto hacia el año 450 a.C., narra que visitó, en esa región, un templo dedicado a Heracles. Añade que este santuario, cuya existencia se remonta a los lejanos tiempos de la guerra de Troya, gozaba del derecho de asilo. Se dice que el navío que conducía a su destino a la reina Helena y a Paris recaló en estos lugares. Por último, el autor griego asocia este templo de Heracles con un tal Tonis, guardián de la boca canópica del Nilo.

Ahora bien, el navegante y geógrafo Escilax y el historiador Diodoro de Sicilia coinciden en situar una ciudad denominada Tonis en la entrada del brazo más occidental del Nilo, el más grande y profundo de los siete que posee. Esta ciudad, puesto de control fronterizo y gran puerto de acceso a Egipto, constituía un punto de paso obligatorio para todas las naves griegas que deseaban recalar en el reino y un importante lugar de intercambios comerciales. Se trataba de una próspera ciudad en la que habitaba una comunidad griega siglos antes de la llegada de Alejandro Magno a Egipto. Su situación en la desembocadura del Nilo la convertía en un lugar ideal para controlar el comercio marítimo, que se dirigía luego a la ciudad de Naucratis, situada rio arriba.

La existencia de la ciudad de Heraclion, que debe su nombre a su templo principal, dedicado a Heracles, mencionada por Herodoto, está atestiguada sobre todo en el Decreto de Canopo, inscrito en una estela trilingüe de la que se hallaron varios ejemplares. Por su versión en griego sabemos que, bajo el reinado de Ptolomeo III, se celebró un sínodo de sacerdotes en la ciudad de Heraclion. Estrabón la sitúa al oeste de Canopo, próxima a la desembocadura canópica del Nilo, y señala que esta zona existía, antiguamente, una ciudad llamada Tonis[3]. Mientras que la existencia de Heraclion y Tonis estaba verificada por las fuentes escritas, había, sin embargo, incertidumbre sobre su localización pues parece ser que se hallaban muy próximas entre sí, y como resultado de ello, en 1958, Jean Yoyotte formuló la hipótesis de que tal vez pudiese tratarse de la misma ciudad[4].

Además, el Decreto de Canopo, en su versión jeroglífica, identifica a Heraclion como la ciudad que posee “el templo de Amón de Gereb”. Amón de Gereb era una de las diversas manifestaciones del primer dios del panteón egipcio, la que transmitía al nuevo faraón el inventario de su reino terrestre y celeste. El santuario de este dios era el lugar donde se celebraban los ritos que fundamentaban el poder del nuevo faraón sobre el universo creado, asegurando de este modo la continuidad dinástica. Los reyes ptolomeos, que se proclamaban “descendientes de Heracles, hijo de Zeus, por la rama  paterna, y de Dionisos, hijo de Zeus, por la rama materna”, otorgaron a este templo todos sus favores. El santuario tenía, ciertamente, una importancia muy especial para estos reyes de origen extranjero que habían llegado a ser faraones. La ciudad de Heraclion era también la sede, en el mes de Joiak, de la celebración de “los misterios de Osiris” donde el dios era llevado en procesión, en su barca ceremonial, desde el templo de Amón hasta su santuario de Canopo. De este modo, a través del culto rendido a Osiris, identificado con Dionisos, un vínculo místico unía las dos ciudades vecinas. La bondad de los soberanos lágidas se veía reforzada, ante los habitantes de Heraclion, por su devoción a este dios.

Sin embargo, desde los primeros tiempos de la dinastía, se había asestado un duro golpe a esta ciudad, emporio de Egipto. Recién fundada Alejandría, era preciso poblarla y proporcionar actividades lucrativas a sus habitantes. Por ello, se ordenó la transferencia de actividades comerciales de Heraclion a Alejandría, lo cual se produjo en injustas condiciones. Cleómenes de Naucratis, al que se había encomendado la misión de construir y poblar la metrópoli donde, en adelante, se llevarían a cabo la mayor parte de los intercambios comerciales, entregó ingentes cantidades de dinero a los sacerdotes y a los comerciantes de la ciudad, y desvió su comercio[5]. Entonces, Heraclion perdió su importancia económica en beneficio de la nueva capital de Egipto, pero conservó, no obstante, su aura religiosa.

Alejandría prosperó y llegó a ser uno de los más importantes puertos del Mediterráneo. La belleza y la magnificencia de esta capital política, religiosa, cultural y científica produjeron admiración en visitantes como Estrabón, que la visitó poco después de la caída de la dinastía lágida e hizo una breve descripción de la ciudad[6]. Situado sobre un islote rocoso, en el extremo este de la isla de Faros, frente a la ciudad, el faro, maravilla arquitectónica, señalaba desde la lejanía a los navegantes los puntos de entrada al Portus Magnus. Éste, compuesto por numerosos desembarcaderos, exhibía su poder. Una gran flota militar, abrigada en dársenas bien protegidas, como el puerto de las galeras reales, y asistida por unos importantes astilleros navales, aseguraba la supremacía de los ptolomeos en el mar. Numerosas ensenadas bien preparadas permitían un comercio muy activo que labró la riqueza de la ciudad.

Plano de Territorios Sumergidos (Portus Magnus)Mapa 3: Plano de Localización los Territorios e Infraestructuras actualmente sumergidos en Alejandría (Portus Magnus)

El Portus Magnus estaba cerrado en su lado este por el cabo Loquias, en el que se erigían suntuosos palacios con jardines, residencia de los reyes ptolemaicos. La Gran Biblioteca estaba contigua a ellos. Lo bordeaban santuarios, como el templo de Poseidón, construido en una península que se internaba en el puerto, y el Cesareo, edificado en honor a Julio César y después dedicado a los demás césares por orden de Cleopatra VII (Cleopatra VII Thea Philopator) quien también poseyó un palacio en la isla real de Anthirodos, situada en el centro del gran puerto. Esta isla disponía de un pequeño fondeadero para uso exclusivo de los reyes. La parte oeste de la rada estaba dedicada exclusivamente al tráfico mercantil y a los astilleros navales. Allí había sido construida, por orden de Alejandro Magno, una calzada de siete estadios[7], el denominado “Heptastadio”, que unía tierra firme con la Isla de Pharos. De hecho, con ello se crearon dos ensenadas: una al este, el Portus Magnus, y otra al oeste, el Eunosto, puerto que comunicaba con el lago interior Mareotis, y después, mediante canales, con el Nilo.

Alejandría estaba unida a Canopo por un canal, lo que convirtió a ésta última en un distrito con mucha vida, escenario de fiestas populares desenfrenadas y lugar de placeres profanos para los habitantes de la capital, así como para los peregrinos que acudían, a veces desde lejos, para poder dormir en el santuario dedicado a Serapis, con la esperanza de que se curasen sus dolencias. Canopo también era un lugar de ciencia; Claudio Ptolomeo, geógrafo y astrónomo de renombre, residió allí. No obstante, la ciudad fue con frecuencia criticada por los romanos debido a sus licenciosos lugares de placer; de hecho Estrabón[8] deploró con pudibundez las escenas que presenció en ellos: “[…] hay muchos que se entregan a las fiestas públicas y bajan de Alejandría por el canal; día y noche éste rebosa de embarcaciones en las que hombres y mujeres tocan la flauta y bailan sin moderación, de la forma más lasciva, junto a los habitantes de Canopo, que poseen apeaderos, a orillas del canal, bien situados para este tipo de actividades licenciosas […]”. Sin embargo, no parece que la reprobación de algunos romanos fuese suficiente para impedir que los peregrinos y los visitantes, ávidos de fiestas y placeres, acudieran presurosos a Canopo.

Otra gente muy distinta se trasladó de Alejandría a Canopo a finales del siglo V. Tras haber destruido en el año 391 el gran Serapeo de Alejandría, un grupo de cristianos, instigados por Teófilo, obispo de la capital, arrasó los santuarios de Canopo hasta los cimientos. Cerca de las ruinas de los templos paganos fueron erigidos un imponente monasterio llamado Metanoia (el Arrepentimiento) y un Martyrium, donde la tradición dice que yacen San Cirilo y San Juan, los cuales heredaron las funciones salvadoras y de oráculo de la antigua divinidad (Serapis); y de hecho, peregrinos de todas las partes del mundo acudieron a estos lugares con la esperanza de que sus dolencias sanaran.

Sofrón de Jerusalén, que vivió en esta región, elogió apasionadamente estos santuarios describiendo con orgullo el gran monasterio de los mártires[9]: “[…] ¡Qué maravilla que precisamente este santuario se alce de una forma tan asombrosa y llene todo el mundo de admiración! Porque, emplazado a la orilla del mar, no está construido en una zona elevada ni en tierra firme, sino que situado entre las arenas y el oleaje, atacado por ambos, apacigua sus embates como un mediador… Se eleva a una gran altura y su cumbre, objeto de deseo de los navegantes, se yergue hasta el cielo […]”.

En los alrededores había una aldea, Menutis, que aparece mencionada por primera vez en la dedicatoria epigráfica de una estatua de “Isis Menutis” datada en el siglo II o I. San Epifanio supuso que este nombre era el de la esposa del piloto Canopo y describió con detalle y delectación cómo el templo que allí se alzaba en honor a la diosa Isis había sido saqueado por los cristianos. Posteriormente Sofrón confirmaría el lugar donde se hallaba Menutis.

Pero los seres humanos no fueron los únicos que se ensañaron con esta zona. Una serie de catastróficos fenómenos naturales golpeó tanto a Heraclion-Tonis, Canopo y Menutis, como a la propia Alejandría. En los textos antiguos se evoca la desaparición de las ciudades situadas en la llamada costa libia. La región canópica se vio afectada en repetidas ocasiones por movimientos de tierra y maremotos. Por ejemplo, el tsunami del 21 de julio del año 365 devastó las costas del Mediterráneo suroriental. Según Sofrón, Patriarca de Jerusalén, en la segunda mitad del siglo VI los habitantes de Canopo sabían de la existencia de ruinas bajo el mar a la altura del Martyrium y les había sido transmitido el recuerdo de que, en un pasado lejano, una catástrofe natural había provocado que gran parte de su país resultase anegada. Esta catástrofe, sin duda, se produciría después del año 484, fecha en la que en esta región el culto a Isis y su oráculo seguía en vigor.

A mediados del siglo VIII otro temblor provocó gravísimas destrucciones; el majestuoso Portus Magnus desapareció casi totalmente bajo las aguas del Mediterráneo, y Canopo, la ciudad que antaño se había enorgullecido de sus santuarios, quedó también sumergida. Aproximadamente a unos tres kilómetros al este, Heraclion, una aldea fundada sobre las grandiosas ruinas de antiguos monumentos, sobrevivió a duras penas. En ella había, según algunos textos cristianos, un monasterio de monjas que corrió la misma suerte. Nadie volvió jamás a oír hablar de Tonis. Las aguas del Mediterráneo ocultaron sus ruinas durante más de doce siglos. El nombre de Alejandría persistió, gracias a su grandiosa historia, en la memoria de los hombres, mientras que Canopo se asoció a la vida de placeres tan denostada por la propaganda romana[10]: “[…] ¿Acaso la gran Cleopatra no fue llamada la puta del incestuoso Canopo? […]”.

Tonis, guardiana del Nilo, y Heraclion que, según la leyenda, fue construida en el lugar de Egipto que Heracles pisó por primera vez, y que presenció el paso de Helena y Paris, fueron olvidadas y su recuerdo solo permanece porque, en contadas ocasiones, aparecen mencionadas en textos antiguos.

Bibliografía

[1] JACOBY, F. Fragmentos 1, pp. 308.

[2] ESQUILO, “Prometeo Encadenado”.

[3] ESTRABÓN. “Geografía”, 17, 1, 18.

[4] YOYOTTE, J. “Notes de toponnymie egyptienne”,  MDAIK 16, 1958, pp.414-430.

[5] PSEUDO ARISTOTELES, “Economía”, II, pp. 33

[6] ESTRABÓN. “Geografía”, 17, 1, 6-10.

[7] El estadio era una unidad de longitud griega, que tenía como patrón la longitud del estadio de Olimpia, que equivalía a 174,125 metros. Es decir que esta calzada tenía una longitud aproximada de 1.218,875 metros.

[8] ESTRABÓN. “Geografía”, 17, 1, 17.

[9]  SOFRON, “Laudes in SS. Cyrum et Ioannem“, 29

[10] PROPERCIO, “Elegías”, III, pp.11

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