A lo largo de nuestro trabajo, ya sea arqueológico a través de distintas intervenciones en campo como turístico a través de nuestras rutas, principalmente en Extremadura, hemos tenido la gran suerte de toparnos con tumbas excavadas en la roca de muy distinto tipo, tamaño y forma. En este nuevo artículo os exponemos distintos aspectos acerca de este tipo de enterramiento tan común en Extremadura. No obstante, el tema de las tumbas excavadas en la roca ha sido tratado en numerosas ocasiones pero nunca se han reunido premisas ni datos suficientes que permitieran una traducción cronológica o cultural del problema; por el contrario el fenómeno ha estado sujeto a divagaciones y especulaciones que en un sentido u otro han recorrido nuestro marco histórico. Baste decir que la asignación del mismo se ha ejercitado entre varios periodos sin razones aparentemente válidas que lo fundamenten.

En primera instancia debemos tener en cuenta un par de detalles, que en mi opinión profesional creo que merece la pena destacar antes de sumergirnos en otros aspectos más concretos en el estudio de este tipo de enterramientos tan comunes en tierras extremeñas; el primero es la localización de estas tumbas atendiendo al terreno, la cual difiere muy poco según uno u otro tipo abundando preferentemente en llanuras, sobre colinas de baja altura o en zonas de declive montañoso; es muy difícil encontrarlas en alturas prominentes y de difícil acceso ya que más bien se asocian a terrenos de marcada dedicación agrícola. Y el segundo de estos detalles, y no menos importante, es la frecuente asociación de estas tumbas a una iglesia u ermita. Según el estudio de González Cordero, en la provincia de Cáceres existen al menos 17 yacimientos que poseen esta característica, de los cuales tan solo cuatro enclavados al norte del Tajo [Castillo de Trevejo, Segura de Toro, San Martín (Plasencia) y Salvaleón (Valverde del Fresno)] y uno en su orilla sur (San Blas en Villar del Pedroso) tienen, por su tipología y restos asociados, trazas de haber sido construidos en época de repoblación o reconquista. En los doce casos restantes, las iglesias han sido construidas con posterioridad a los conjuntos, siguiendo quizás una tradición heredada de época altomedieval, cuando esta asociación era frecuente, o de un afán cristianizador de determinados lugares.

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Tumbas antropomorfas del Castillo de Trevejo (Cáceres) justo al lado de la ermita

Tumba sobre el barrueco de granito a los pies de la cruz junto a la ermita de Nuestra Señora de la Luz (Arroyo de la Luz, Cáceres)

Seguidamente, hay que tener en cuenta las distintas características de las mismas, no todas son iguales, y depende del lugar en el que se hallen serán de una manera u otra. En lo que se refiere al material, concretamente en la provincia cacereña, este está ligado a la litología predominante, es decir, a los afloramientos graníticos y pizarrosos, y las tumbas que hayamos se encuentran talladas sobre dichos materiales. De hecho, hay que decir que la mayoría de las tumbas, en la provincia de Cáceres se reparten geológicamente entre las masas de granito, y en menor medida entre las pizarrosas, las cuales quedan calificadas como material de segunda categoría. Por otro lado, también se aprecia cómo el foco de mayor densidad se sitúa hacia el SW en áreas conocidas por su mayor grado de romanización. Otro detalle son las distintas medidas,  las cuales son variables en cada caso y en éstas se detallan la longitud del espacio interior, la profundidad, la anchura máxima y mínima, así como  las de la cabecera o pies, en el caso que se conserven.

En cuanto a su número, éstas pueden aparecer tanto aisladas unas de otras, de forma individualizada, como en grupos de dos o tres, y hasta en conjunto de más de una treintena de tumbas (caso de Huertas de Mata en la localidad de Mata de Alcántara) aunque nunca formando grande necrópolis de un centenar de tumbas. Además a ello hay que añadir que a pesar de presentarse ocasionalmente en gran número raramente se hallan agrupadas aunque por el contrario es totalmente normal encontrarlas dispersas en un gran área, a veces muy extensa.

No obstante, es necesario destacar cómo dentro de un mismo conjunto puede darse tanto una uniformidad como una variedad tipológica, aunque esencialmente se centran alrededor de tres variantes (según el estudio de González Cordero):

  • Tipo I (Ovoides): Excavaciones en la roca de tipo oval; geométricamente no llegan a la exactitud ya que se pueden hallar variantes irregulares o deformadas, producto en muchos casos de su adaptación a la roca.
  • Tipo II (Rectangulares): De forma rectangular, esta modalidad de enterramiento ofrece distintas variantes desarrolladas a través de una simple fosa rectangular:
    • Tipo IIA: Subtipo de fosa rectangular, pero de mayor capacidad; por lo tanto son dobles y en algunos casos tienen marcada la cabecera.
    • Tipo IIB: Tumba individual derivada directamente de la fosa simple; únicamente acorta el ancho de su pie, transformándose en un trapecio.
    • Tipo IIC: Es una tumba individual en la que, para el asentamiento del cadáver desarrolla una cabecera fuera del rectángulo.
    • Tipo IID: También es una fosa individual en la que se desarrolla cabecera y pie fuera del rectángulo. Por lo común tipo C y D presentan un almohadillado en la parte correspondiente a la cabecera.
  • Tipo II (Antropomorfas): En éstas aparecen cabeceras cuadradas o semicirculares, de hombros y pies rectos o curvos, y la caja con forma ligeramente trapezoidal que le otorga un cierto cariz antropomorfo.

Por su parte, este tipo de tumbas también pueden clasificarse según el tipo de cubierta que presentan. Los tipos de cubiertas que conocemos quedan agrupados bajo tres denominaciones. No obstante, suponemos que indistintamente al tipo de enterramiento sobre éste existiría un montículo de tierra para reforzar el sellado o cierre de la tumba.

  • Tipo I o de cubierta simple: que consiste en depositar tierra directamente sobre la fosa.
  • Tipo II o de cubierta de piezas enteras.
    • Tipo IIA o de cubierta formada por una piedra de granito alargada con sección en forma de D (Valencia de Alcántara)
    • Tipo IIB o de losa de granito monolítica con sección rectangular (Valencia de Alcántara).
    • Tipo IIC o de losa de granito con sección triangular, y generalmente este tipo de tumbas se coronan con estelas discoides (Plasencia y Arroyo de la Luz)
    • Tipo IID o de losa con poco grosor, normalmente utilizada en terrenos donde abunda la piedra pizarra.
  • Tipo III o cubierta de varias piezas:
    • Tipo IIIA: cubiertas formadas por lajas de granito o pizarra indistintamente que se disponen encima del rectángulo de la tumba.
    • Tipo IIIB: cubiertas de ladrillo o tégulas dispuestas de igual forma que en el anterior.

Puesto de manifiesto esta serie de características generales y técnicas, a nuestro parecer es necesario desentrañar los precedentes de este tipo de enterramiento, los cuales han sido puestos de manifiesto a través del estudio de sus caracteres tipológicos y arqueológicos. Los primeros asientan sus raíces en el estrato romano bajoimperial. Numerosas necrópolis así lo atestiguan (necrópolis de La Chanclona, en el término municipal de Achehuche, Cáceres), pues a partir del siglo IV es común observar una alternancia de ritos que empujan a cambios estructurales, es decir, a cambiar la antigua uniformidad, sobre todo en el rito de la inhumación. Esta transformación se mantiene a lo largo de los siglos V, VI y VII, y es visible para la provincia de Cáceres en necrópolis como la ya citada o también en la Necrópolis de Valhondo, en el término municipal de Berzocana, descubierta hacia 1978 excavada durante varias campañas por acción conjunta de la Universidad de Extremadura y Ayuntamiento de Berzocana, en la década de los setenta[1].

Necrópolis de La Chanclona (Acehuche, Cáceres)

Estado actual de la Necrópolis de Valhondo (Berzocana, Cáceres)

Datada entre los siglos III y IV d.C., la Necrópolis de Berzocana es un fiel reflejo de la decadencia del Imperio Romano y el paso a la etapa inmediatamente posterior. En ella se observa, a través de los hallazgos de diverso tipo, que se trata de sepulturas pertenecientes a la población local, descendientes de los vettones, visible en muchos aspectos en los que se conservan vestigios de esta cultura prerromana, elementos antiguos que se expresan en las formas artísticas escultóricas y sobre todo en la forma de sus productos cerámicos más en consonancia con la cerámica vulgar que con los productos más perfeccionados de la Sigillata hispana.

Excavaciones en la Necrópolis de Valhondo en los años 70 (Imágenes cedidas por el Ayuntamiento de Berzocana)

Por su parte, este fenómeno de transformación, de cambio de la antigua uniformidad en el rito de la inhumación también es posible verla en otras necrópolis como la de Campolugar[2], u otras inéditas, como la de Cañamero, aunque sin duda, en palabras de González Cordero[3], el ejemplo más plausible sea una necrópolis de Idanha a Velha (Portugal) donde entre sepulturas de ladrillo, lajas hincadas en el suelo, tégulas y sillares, aparecen tumbas en sillares de granito, rectangulares y con cabecera (Subtipo IID), y en pizarra, rectangulares con forma trapezoidal (Subtipo IIB). Otras necrópolis peninsulares de época tardorromana anuncian también cambios tipológicos como en el caso de la Necrópolis de la Pedrera[4] (Sevilla).

En Extremadura, y más en concreto en la provincia de Cáceres, en lo que se refiere a estudio de materiales arqueológicos, y más en concreto referentemente a los ajuares funerarios en este tipo de enterramiento, la noticia más antigua de la que tenemos conocimiento la recoge J. Sanguino[5], que describe la destrucción de una treintena de tumbas en las Torrecillas (Alcuéscar) para utilizar la piedra y cómo dentro de ellas aparecían, revueltas con restos humanos, vasijas de forma ovalada, de cuello corto, con un asa y toscamente modeladas. Posteriormente, Fernández Oxea[6] nos proporciona uno de los mejores datos sobre sepulcros excavados, pues él tuvo la ocasión de abrir uno de ellos en la finca Alijar del Canchal (Robledillo de Trujillo), lugar donde tiempo después E. Cerrillo[7] excavaría una necrópolis visigoda.

Ajuares tardorromanos hallados en las excavaciones de la Necrópolis de Berzocana en los años 70 (Imágenes cedidas por el Ayuntamiento de Berzocana)

Por ende, podemos decir, que este tipo de ajuares no son más que una continuación de las formas romanas tradicionales, al igual que los materiales que rodean a la mayoría de las veces a estas tumbas (dolias, imbrices, tégulas,…); con lo cual el origen tardorromano de este tipo de enterramiento no parece ofrecer dudas y engloba no sólo a las formas rectangulares (o de bañera) sino también a las antropomorfas (Necrópolis de Arroyo de la Luz y tumbas antropomorfas de Trevejo).

Conjunto de Tumbas antropomorfas en Trevejo (Cáceres)

En el caso de las tumbas de la Dehesa de Arroyo de La Luz, se trata de sepulcros antropomorfos excavados en las rocas graníticas datadas de época tardorromana y visigoda, siglos IV-VII; datación efectuada por sus ajuares, por sus cerámicas y por la numismática asociada a las mismas.

Conjunto de Tumbas en la Dehesa de Arroyo de la Luz (Cáceres)

Dicho todo esto, para finalizar esta breve reseña arqueológica nos adentraremos en las cuestiones cronológicas, en las cuales existe un intenso debate; no obstante, la mayor parte de los trabajos realizados sobre este tipo de sepulcros tendían a asignar un marco cronológico que se sitúa en torno a los siglos IX, X e incluso XI; sin embargo González Cordero les asigna una mayor amplitud cronológica basándose, primero en el estudio de los materiales arqueológicos; primeramente de los ajuares, los cuales la mayoría de las necrópolis excavadas, principalmente en la provincia cacereña, han aportado materiales de cronología tardorromana, y seguidamente está el hecho de que la mayoría de los conjuntos estudiados en la provincia cacereña por González Cordero poseen en sus inmediaciones ruinas cuyos materiales (tégulas, dolias, inscripciones,…) denuncian la presencia romanizadora, y en concreto las monedas, las cuales sitúan la surgencia de este modelo de enterramiento en el siglo IV.  Sin embargo, es preciso señalar que si bien en el siglo IV estuvo el inicio, posiblemente el desarrollo no tuvo lugar hasta siglos más tarde como consecuencia de la probable perduración de los modos de vida en la península a lo largo de los siglos V, VI, y VII, y que ayudó a fijar y extender los modelos.

Por lo tanto, dicho todo esto ¿Qué podemos concluir acerca de la presencia de este tipo de enterramientos, ciñéndonos a la provincia de Cáceres? En primer lugar, que este tipo de enterramiento corresponde a dos momentos cronológicos distintos; uno arranca en el bajo imperio, identificado por los materiales y ajuares de época tardorromana identificados; y el segundo momento corresponde a un periodo entre los siglos XII y XIII, al momento de la repoblación, identificado por la proximidad de estas tumbas a iglesias o ermitas y castillos, y por la total ausencia de ajuares en las mismas. No obstante, aunque pertenezcan a dos momentos cronológicos distintos ello no significa la desaparición de un tipo para dejar paso a otro, sino que se establece una coexistencia; este hecho se evidencia tanto en el origen como la extensión cronológica de las tumbas que muestra un mantenimiento del esquema socio-cultural desde el bajo imperio romano hasta la ocupación musulmana de la Península Ibérica, lo cual a ojos de muchos investigadores llevaría a replantear la visión de estas tumbas como puramente altomedievales y a replantear la hipótesis que sobre la repoblación existe en la provincia de Cáceres.

Fuente| González Cordero, A. “Las tumbas excavadas en la roca en la Provincia de Cáceres” en Revista del Seminario de Estudios Cacereños”, 17, 1989, pp. 133-144.

Bibliografía

[1] Sánchez Abal, J.L. (1980), Estudio de la necrópolis bajo-imperial de Berzocana (Cáceres). Cáceres.

[2] CALLEJO SERRANO, C “Excavaciones realizadas en la Cerca de los Hidalgos, Campolugar, Cáceres”, Madrid, 1971, pp. 36-51.

[3] GONZALEZ CORDERO, A. “Las tumbas excavadas en la roca en la Provincia de Cáceres” en Revista del Seminario de Estudios Cacereños”, 17, 1989, pp. 133-144.

[4] FERNANDEZ GOMEZ, F. “La Necrópolis tardorromana-visigoda de Las Huertas” en Pedrera, Sevilla. Madrid, 1984, pp.347.

[5] SANGUINO MICHEL, J. “Antigüedades de las Torrecillas, Alcuescar (Cáceres)”, Madrid, 1911, pp. 349

[6] FERNANDEZ OXEA, J.R. “Seis inscripciones romanas en tierras extremeñas”, Madrid, 1962, pp. 130-133.

[7] CERRILLO MARTÍN DE CÁCERES, E. “La Basílica Visigoda de Ibahernando”, Cáceres, 1985.

 

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